El presidente Mauricio Macri envió al embajador Eduardo Porretti a Caracas para no perder influencia en la crisis de Venezuela

 

En la tarde del sábado, aterrizó en Caracas el encargado de negocios de la Embajada Argentina Eduardo Porretti, quien tendrá la misión de profundizar las relaciones con el gobierno del presidente interino Juan Guaidó. El diplomático había sido retirado del país por el gobierno de Mauricio Macri en repudio a la asunción de Nicolás Maduro tras unos comicios denunciados como fraudulentos e irregulares por parte de la oposición y la comunidad internacional. La Argentina fue uno de los primeros países en reconocer al gobierno de Guaidó.

Porretti es el hombre de Macri en Caracas. Con una larga experiencia diplomática y estudios académicos en Estados Unidos y la Argentina, debe hacer un difícil equilibrio en Venezuela. Maduro ya no tiene legitimidad institucional, pero por ahora controla el territorio, las Fuerzas Armadas y la administración pública. Juan Guaidó está respaldado por la mayoría de las democracias de Occidente, pero todavía no puede evitar que lo persiga el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN). En Venezuela hay vacío de poder, pero la transición de Maduro a Guaidó aún es un caos sin hoja de ruta.

Se trata de una situación inédita. En 1958, cuando Fidel Castro avanzaba sobre La Habana, la diplomacia secreta de Estados Unidos tenía diálogo con el líder revolucionario, mientras la Casa Blanca continuaba apoyando al dictador Fulgencio Batista. En 1978, cuando el líder fundamentalista Ruhollah Jomeini preparaba el asalto final a la monarquía de Reza Pahlevi, la inteligencia americana trabajaba sin horario en París y Teherán para saber si era factible una revolución islámica en Irán. Ambos casos se parecen: vacío de poder, crisis institucional, y un régimen que deja lugar a otro.

Pero en este contexto, Venezuela es un caso geopolítico distinto, anómalo, diferente. Maduro y Guaidó conviven en el mismo territorio, protagonizando una inestable convivencia política que tiene final abierto. Castro era reprimido por Batista y Jomeini estaba en París perseguido por la guardia pretoriana del Sha. Batista y Reza Pahlevi fueron dictadores de origen, ambos apoyados por la Casa Blanca. Maduro, en cambio, convirtió la democracia venezolana en caricatura.

Macri reconoció a Guaidó, pero la seguridad de la embajada argentina en Caracas es una tarea que pertenece a Maduro. Si un periodista argentino es detenido en Venezuela, el embajador Porretti tiene que ir a la Cancillería de Maduro. Y si Maduro lo convoca a una reunión protocolar, Porretti debería ir. La Casa Rosada validó a Guaidó como Presidente interino de Venezuela, pero nunca rompió relaciones con el régimen bolivariano. La situación es inestable, inédita y en permanente tensión.

Porretti será embajador y equilibrista en Venezuela. Maduro no quiere forzar el escenario geopolítico y acepta la dinámica de una secuencia internacional que presenta un curso errático e imprevisible. Para los próximos días se aguarda una reunión de cancilleres del Grupo Lima en Canadá, un cónclave en la Organización de los Estados Americanos (OEA) empujado por la diplomacia americana, un encuentro de países que aún apoyan a Maduro en Montevideo (convocado por Uruguay) y el anuncio de la Unión Europea (UE) avalando la autoproclamación de Guaidó como presidente provisional de Venezuela.

Esta secuencia diplomática es monitoreada por Macri, el canciller Jorge Faurie –que viaja a Canadá—y el secretario de Asuntos Estratégicos, Fulvio Pompeo. En la cumbre de cancilleres del Grupo Lima se ajustará el torniquete institucional a Maduro, en Uruguay –a contrario sensu—se buscará un atajo para evitar que el líder bolivariano caiga y en la OEA  se exigirá que Venezuela sea considerada un régimen dictatorial.

En todas estas instancias, Macri aparece como un jugador clave aliado a Donald Trump y Jair Bolsonaro. Argentina, Estados Unidos y Brasil pujan por una salida rápida de Maduro, una hoja de ruta y elecciones presidenciales durante 2019.

La llegada de Porretti a Venezuela sirve para tener información en el terreno y actuar como un nexo diplomático entre la Casa Rosada y Maduro y Guaidó. Es un típico juego de poder: el embajador argentino se reunirá con altos funcionarios de Maduro (aunque oficialmente para la Argentina ya no es presidente de Venezuela) y mantendrá encuentros con Guaidó y su staff, que buscan acumular suficiente poder para forzar la caída de Maduro y abrir la transición venezolana en paz.

Ningún jugador de este tablero internacional se muestra proclive a un conflicto de baja intensidad. Trump no descarta esa variable usada por Estados Unidos en la Guerra Fría, pero no tiene espacio de acción frente a la negativa de Guaidó, el Mercosur, la UE, la OEA, la ONU, y países como China, Rusia, Japón, Canadá y Alemania, que exigen una salida pacífica la crisis de Venezuela.

Maduro conoce esta correlación de fuerzas y no hará un solo movimiento para quebrar este balance de poder. Si el líder populista detiene a Guaidó, o expulsa a los diplomáticos de los países más involucrados (Estados Unidos, en primer lugar), Trump utilizará los mismos argumentos que uso Richard Nixon con Vietnam o George Bush con Irak y preparará las tropas para derrocar a Maduro.

No se trata de una decisión inocua, asumida por un presidente americano que necesita una crisis internacional para sepultar su propia crisis doméstica. Una aventura militar de Trump en Venezuela puede arrastrar a China, Rusia, Irán, Turquía, Cuba, Uruguay, México y Bolivia, que en distinto nivel político están protegiendo a Maduro.

El líder populista tiene pocas variables. Ya se ejerce asfixia económica, financiera y diplomática sobre Caracas. Guaidó y ciertos funcionarios de la Casa Blanca protagonizan conversaciones secretas con generales de peso que apoyarían la transición democrática. Y las manifestaciones opositoras crecen día tras día. Demasiada presión para Maduro y su régimen político.